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martes, 11 de noviembre de 2008

De misiones de paz, de hijos de puta y de solidarios de hijos de puta

En el momento que escribo estas líneas acaban de morir dos soldados españoles en Afganistán. La insolente hipocresía del sistema político en el que vivimos está realizando ímprobos esfuerzos por maquillar el desgraciado suceso y pintarrajear la realidad de un acto de guerra en toda regla, de un ataque bélico… para que parezca un “accidente” dentro de la mascarada ficción de “misión de paz”.
Se trata de encandilar a una sociedad sin valores para que acepte sumisamente una contradicción dentro de esa cultura ñoña que desde hace décadas se segrega en lo que se conoce por Occidente. La contradicción estriba en que, siendo el llamado “pacifismo” una de las ideas-fuerza de la cultura de la sumisión, esa sociedad atontada por la demagogia “pacifista” acepte sumisamente la implicación de su país en una guerra con todas las de la ley… es más, de una guerra provocada por una invasión de un país que está situado -vaya por Dios- en una encrucijada vital para los intereses geoestratégicos del mercadeo mundial del petróleo y del gas, fuentes de energía decisivas en la reestructuración de la globalización post-neoliberal, ya que el neoliberalismo está herido de muerte tras el crack financiero de los últimos meses… y lo que te rondaré morena.
Vemos así que el llamado “pacifismo” no es un valor de consistencia y entidad como podían ser los valores clásicos: heroísmo, patriotismo, honor, sabiduría, amistad, esfuerzo, trabajo, familia, identidad… es más, ni siquiera el llamado “pacifismo” es un valor en el sentido estricto, ni genérico… y eso que ya es difícil. Ya que el llamado “pacifismo” sólo apela a unos sentimientos y al campo de las emociones, estructuras psicológicas esplendidas para ejecutar las operaciones de sumisión y manipulación de masas a escalas inquietantes.
Sólo así se comprende cómo el llamado “pacifismo” sirvió en su día para criticar la invasión de Irak y hoy sirve para avalar otra invasión de otro país (el Ejército español está en misión de paz, nos aleccionan y repiten).
Y que los mismos que lanzaban a las gentes a las calles para “oponerse” a la guerra de Irak, apoyen con tropas españolas esta otra invasión. ¿En qué ha cambiado la cosa para que antes NO y ahora SI?, pues muy sencillo, antes había que oponerse porque convenía como estrategia necesaria para alcanzar el poder y alimentar la ficción de “independencia” por parte de las izquierdas atlantistas. Izquierdas que forman tanto parte del partido de la guerra como las derechas neocon.
Es más, los mismos poderes internacionales que patrocinaban la invasión veían muy bien esas protestas contra la invasión porque no iban a llegar a nada, eran una coartada perfecta para generar ilusión “democrática” y los que monopolizaban las protestas eran sus “chicos": izquierdas atlantistas que en la oposición podían y debían oponerse “de mentirijillas” pero con la condición de que “colara” y tuvieran encandiladas a sus respectivas poblaciones. Luego, en el gobierno, por supuesto que apoyarían la invasión y todas las que se terciasen. Pero había que montar el “paripé”.
Y efectivamente, en el gobierno las izquierdas atlantistas recurren al manido enganche del llamado “pacifismo” para legitimar esta otra invasión. Se nos dice que estamos allí para defender la “paz” mundial, amenazada por el terrorismo internacional… ¡oh, qué miedo, si hasta parece el Apocalipsis con el Anticristo encarnándose en Ben Laden!
Como vemos, el llamado “pacifismo” es un mero enganche comodín que como un chicle se estira y sirve tanto para un roto como para un descosido.
Y es que los valores son eso… VALORES. Y los clichés de “enganche” de masas son eso… instrumentos de manipulación. La oposición a las invasiones de la dictadura mundialista que sitúa a una sometida USA como su base central no debe ir legitimada por el cursi cliché del llamado “pacifismo”, sino por la belicosa y noble lucha de oponerle los valores de nuestra civilización europea a esa dictadura mundialista: los valores de la PATRIA, la DIGNIDAD, el HEROISMO, la SABIDURÍA.
Así no es de extrañar que nuestro Ejército esté en “misión de paz” o que el Ministerio de Defensa esté dirigido por una fulana separatista que se declara pacifista y que se solidarizó con un hijo de puta que se cagó en España en la TV catalana. Y quién se solidariza con hijos de puta… también es un hijo de puta.
Carlos Coloma.

viernes, 24 de octubre de 2008

Sobre el Pacto Europeo de Inmigración y Asilo

El Pacto Europeo de Inmigración y Asilo (PEMA) fue aprobado definitivamente hace unos pocos días, mostrando una vez más la incapacidad de los estados miembro de la U.E. y de sus organismos para hacer algo realmente interesante capaz de cambiar algo. Porque el PEMA es, en definitiva, más de lo mismo pero con forma distinta. Un "Bluf" más, y ya van demasiados.

El Consejo de Ministro de Justicia e Interior de la Comunidad Europea curiosamente se ha dado mucha prisa en aprobar este "plan", a diferencia de otros de igual importancia. Tal vez sea porque es un tema espinoso, un tema que enfrenta cada vez menos a los europeos, que en plena crisis económica se están poniendo cada vez más de acuerdo sobre ciertos asuntos, en este caso el inmigratorio. Aunque lamentablemente no siempre se apunta a quién se debe, en este caso debería ser al empresariado (aquel que necesitaba mano de obra barata y sumisa, así como aumentar la demanda de empleo para rebajar la calidad de la oferta) y a la clase política europea que "gobierna" por las necesidades empresariales en vez por aquellos que les sustentan y votan.

¿Y qué dice el PEMA? ¿De qué trata? Ahora que el paro cada vez es mayor y parece que "sobran" trabajadores (antes decían que, como faltaban, había que traer), ¿en qué nos va a ayudar el PEMA a los europeos? Desgraciadamente, en nada.

El PEMA endurece la persecución de la inmigración ilegal ¿acaso antes no lo hacían? Hacer leyes para contrarrestar la dejación anterior es realmente penoso. Cientos de miles de inmigrantes ilegales habitan ya en Europa, lo que significa que hay personas con menos derechos en Europa tanto por la parte inmigrante (sin derechos laborales) como por la parte europea -a la que se debería prestar un poco más de atención, que somos los que hacemos Europa- (colapso de instituciones y servicios, inseguridad, reducción de la calidad laboral por la ley de la oferta y la demanda y ese largo etcétera que todos conocemos). Espero que la clase política no haga una ley para cada pifia que hagan, porque entonces no avanzamos...

El PEMA apoyará la "integración de los inmigrantes garantizando su acceso a los derechos sociales (acceder a los servicios de sanidad, facilitar la educación, aprendizaje del idioma, disponer de los servicios públicos, asegurar su seguridad y trabajo) a cambio del respeto a las leyes." Es decir, que los que están se van a quedar. Cuando según el empresariado eramos pocos (trabajadores), había que traer. Y ahora que somos demasiados, se quedan. Eso lo único que garantiza es que toda la población (tanto inmigrantes como europeos) pierda nivel de vida, que los servicios públicos sean cada vez más pobres y estén más colapsados, que el mercado laboral sea peor aun de lo que es y que miles de parados deambulen por las calles sin saber qué hacer. Eso sin entrar en el molesto debate de los derechos adquiridos por aquellos que han levantado Europa a través de los años, que ven como sus hijos tienen exactamente los mismos derechos (o menos, véase vivienda protegida) que los que acaban de llegar (que nada han hecho por Europa y que no les interesa más que su bienestar personal, no la colectividad). La garantía la pagaremos como siempre los europeos, no los empresarios que son los culpables de esta situación ¡como siempre!

Para terminar esta situación, Franco Frattini, Comisario de Seguridad de la UE, anunció que el próximo 23 de octubre la Comisión Europea presentara un proyecto formal a los países miembros de la Unión para alentar la inmigración legal de trabajadores cualificados en distintas áreas laborales. Como bien es sabido, en Europa sobran puestos de trabajo para trabajadores cualificados, por eso muchos licenciados, diplomados e incluso doctores están trabajando en sectores como la hostelería o el sector servicios en general con sueldos más bajos que su condición académica. ¡Estos comisarios son unos linces! Sólo hay que ver como en países como Italia o España muchos médicos se van a otros países porque en España no cobran lo suficiente o su puesto está ya cogido por uno de esos inmigrantes cualificados que trabajan más barato (lamentablemente, ojo).

¿Y nosotros qué? ¿Qué tenemos que decir los europeos respecto a esto? La burocracia europea parece estar en otra dimensión, parece inaccesible, lejana. Los europeos en general lo vemos como algo que nos dicta, pero sobre lo que no podemos decir nada. ¿Esa es su democracia? Vayanse a la mierda, con perdón.

Estoy harta.

Sofía

domingo, 19 de octubre de 2008

miércoles, 15 de octubre de 2008

No permitir que la bandera identitaria caiga en manos etnicistas

A. González
En las últimas décadas, diversos grupos y tendencias han ido aparecien­do en escena para proclamar su rechazo frontal al avance de la uniformi­zación y disolución general de los pueblos. Una uniformización y disolución que se ha acelerado en el interior de cada estado, y que super­potencias, organismos y corporaciones multinacionales han ido forzando a lo largo y ancho del mundo. Para combatir esta apisonadora mundialista y mundializada que va laminando y desnatura­lizando culturas y naciones, muchos grupos «inconformistas» («en contra de lo que hay») han adoptado el nacionalismo y esgrimido los «hechos diferenciales» étnicos como soporte principal de su causa.
Pero esgrimir, a secas, los «hechos diferenciales», nada significa en reali­dad. Pues lo importante no es reconocer «hechos dife­renciales» culturales, na­cionales, territoriales, étnicos o de cual­quier otra especie, sino establecer cuales, porqué y para qué se determinan diferenciaciones o dis­crimi­naciones, diferencias culturales y particularidades nacionales.
Como ejemplo propio, los españoles hemos podido comprobar durante un cuarto de siglo para qué ha servido, finalmente, la reivindicación de los «he­chos diferenciales»: para que unas organizaciones sub­sidiarias del estado blin­dadas por una «cosa nostra» étnica, se hayan ido apropiando de la cosa pública (y privada) en las parcelas territoriales que han reclamado suyas en exclusiva bajo la bandera de una historia, lengua, sangre, costumbres o temperamento «diferente», y poder manejar más competencias y presupuestos. Como todo el mundo sabe que los nacionalismos vascos, catalanes, gallegos o canarios no son frentes políticos que pongan en cuestión el régimen político, el montaje cultural y el modelo socio­económico del presente, sino que todos sus objetivos se concentran en coger la mayor tajada posible de los recursos generales dis­ponibles y controlar en exclusiva sus territorios con los que presumen fundirse, no voy a insistir más en ellos.
Así que voy a referirme a ciertos grupos que se proclaman «identitarios» e incluso «antisistema». Ustedes dirán que necesidad tenemos de referirnos a grupos tan minoritarios, cuando son los nacionalismos «oficiales» los que van imponiendo sus demandas. Las respuestas son sencillas: la primera es que, como se acaba de decir, casi todo el mundo sabe que tales nacionalismos no constituyen fuerzas «contrarias» al rumbo político actual, ni buscan ningún modelo socio­económico ni alternativa cultural a la que hay. Su obsesión se reduce a garantizar un mayor presupuesto, que el mismo mercado, el mismo consumo y la misma producción utilicen la lengua vernácula, y que el dinero que se recaude en un sitio, por supuesto, sea sólo para «su gente». Así que por eso no engañan a nadie, o a casi nadie.
Pero diferente es el caso de ciertos grupos que han empezado a enarbolar las banderas de las identidades, declaradamente populistas o presuntamente «defensores» o «restauradores» de «viejas esencias» ya muy mixtificadas, pues éstos sí que están engañando a todos en dos elementos fundamentales: en su posición ante el sistema y en su oposición al uniformismo y al arrasa­miento de las identitades. Así pues, la segunda respuesta es que, como este blog se dirige a gente que se considera disconforme con lo que hay, y porque nos interesa sobremanera el asunto que advierte el título (no dejar que la bandera identitaria caiga en manos etnicistas) hemos de empezar a despejar esta cuestión básica, vital, para los «reductos» de la población conscientes de la necesidad de una alternativa.
Como las nacionalidades son campo ya «reclamado» y más que trillado por los nacionalismos del régimen, suelen estos supuestos «identitarios» tomar otros marcos o conjuntos de identidad étnica, comarcales, nacionales (de los estados constituidos) subcontinentales o incluso raciales o subraciales. Como ya se advirtió, hay que preguntarse, en primer lugar, el porqué y para qué sirve todo su discurso de defensa de las identidades. Y en segundo lugar, que toman por identidad defendible. Yo les advierto que basta un repaso de los discursos de muchos supuestos «infantes terribles» o «peligrosos», desde los llamados nacional-revolucionarios hasta los reformistas populistas, pasando por los «reconquistadores» de supre­macías o «edades doradas» del pasado, para darse cuenta que no sirve, en absoluto, para abrir brecha y conformar una nueva mentalidad que se enfrente al individualismo, al unifor­mismo y al econo­micismo asfixiante del mundo actual.
Sus discursos están sirviendo para todo lo contrario: para justificar y defender la supremacía de este sistema pluto­crático, del «pensamiento único» famoso y sus mecanismos de poder político, social, económico e ideológico, y de paso, y por supuesto, el «status» material privilegiado de los componentes del primer mundo: un nivel económico con­seguido por motivos históricos, coyunturales, y no por méritos de las pobla­ciones o generaciones actuales.
Todos estos pseudoidentitarios prooccidentales no utilizan mitos «irra­cionales» como pudieron utilizar­los otros grupos en épocas anteriores (esto también sería discutible), o sea, para contrarrestar las fuerzas y artificios eco­nomicistas, evolu­cionistas y uniformizantes en los que se basa el mundo occidental, sino para defender este mismo mundo occidental. Da lo mismo que hablen de «herencias naturales», de los «valores de la civilización» o de «raíces» de cualquier especie. Lo mismo que hablen de defender una religión como del progreso técnico. Lo mismo que hablen de mitos imperiales como de las libertades individuales. Lo mismo que hablen de vírgenes cristianas como de paganos bárbaros. Todos estos cánticos se descubren, si se presta apenas atención, como retórica romántica y espúrea para encubrir la cruda y des­carnada realidad del Occidente, que es lo que acaban defendiendo.
Durante la guerra fría el elenco de las llamadas «fuerzas nacionales» (re­for­mistas, reaccionarias o conservadoras) tanto europeas como sudamerica­nas, emplearon discursos plagados de llamamientos juveniles revolucio­narios según unos, o defensas viejas de la patria, de la religión, de la familia, o de la raza según otros. Pero todo eso fue utilizado para acompañar e, incluso, respaldar el mundo que públicamente se decía de­testar por injusto, corrompido, desalmado, viciado o degenerado. Aquellas referencias eran, sólo en apariencia, «disonantes» con las del discurso «racional» o con­vencional dominante, pues pronto se podía descubrir que, mientras unos eran simples «radicalizaciones» de alguna de las dos alas del frente político «res­petable», otros eran cantos estériles a la luna, y algunos otros (éstos eran los más graves) eran adulteraciones o caricaturas de valores serios para degenerar bien en aberraciones e insensateces fácilmente atacables por todo el mundo, o en pretextos mixtificadores para recubrir las descarnadas razones reales que mueven al llamado «Mundo libre». Por mucho que los dueños del poder los desprecien con patadas e insultos, estos animales muy poco políticos nunca aprendieron (o aprendieron muy bien) y siempre sirvieron como perros fieles de ese poder.
Ahora vuelven a las andadas los mismos perros. Todo su presunto rechazo al globalismo desalmado, desnaturalizador y reconvertidor de tierras, pueblos y personas en solares, máquinas y mercancías, todas sus quejas contra esta sociedad formada por humanos reducidos a objetos y sujetos estacionales de producción, de consumo y deshechos en compra­venta, se quedan en un «desagrado» por algunas consecuencias del proceso, pero un proceso que aprueban no sólo como necesario e inevitable, sino como «fruto» del tipo de sociedad que han de defender. Al final no sólo no atacan esa uniformización y esa progresión disol­vente que decían contra la que dicen que luchan, sino que afirman fervorosamente que todos estamos obligados a defender esa homogeneidad apisona­dora para nuestros pueblos, en nombre de una «paternidad» o unas «raíces» (unívocas y homo­géneas) religiosas, vitales, culturales, racionales e identificadoras.
En definitiva: para social patriotas los pseudoidentitarios occidentales coinciden, descarada­mente, con los mundialistas a los que dicen atacar: coin­ciden nada menos en ver «superior» el «modo de vida» y el tipo de sociedad occi­dental. Nosotros denunciamos que los pseudoidentitarios sólo discrepan de los segun­dos en dos cosas: primero de la sinceridad de los abierta­mente mundia­listas, pues éstos desprecian los cuentos románticos de nostálgicos y mitó­manos, ya que los mundialistas recurren a otros engaños más políticamente correctos para justi­ficar el desenvolvimiento de Occidente; y segundo (y aquí discrepan más rabiosos) porque en vez de reservar ese modo de vida y privilegios socioeco­nómicos para los pueblos elegidos o «avanzados», los mun­dialistas anuncian querer propa­garlo.
Estos pseudoidentitarios son como los exclusivos de su raza: para ellos Occidente debe quedar reservado para el «mundo avanzado», que para ellos es sinónimo de más dinero, gente «moderna» y aparatos «vir­gueros». En cambio, progresistas y liberales (que tienen la misma idea que los pseudoidentitarios de lo que significa «avanzado») son algo parecido a los «evangeli­zadores»: para ellos Occidente debe «reconvertir» los pueblos infantiles o atrasados del resto del mundo.
Tanto occidentalistas «exclusivos» como la derecha de los occidentalistas «pro­pagadores» coinciden también en absolver a Occidente en la generación de las desgracias y miserias del resto del globo: para ambos tales desgracias y miserias no son culpa de la destrucción de su hábitat y sus comunidades por Occi­dente. Para los «exclusivos» porque las víctimas son unos primates incapaces de adaptarse a una cultura superior; para la derecha «mundialista» porque esos pueblos todavía no han culminado esa reconversión occidentali­zadora que les extirpe absolutamente todos sus «viejos hábitos». Por eso hemos de combatir la confusión. Por eso hemos de desenmas­carar a los farsantes y arrancar a los pseudoidentitarios la bandera de las identi­dades.
Por eso hemos de negar rotundamente que son alternativa a los mundialistas, pues sólo les cabrea que su «tesoro» sea compartido entre los «otros» o sin exigir devociones a ciertos mitos particulares. Habiendo estado «subidos a la parra», les molesta que «los de abajo» se la muevan, bien porque emigren acá, bien porque las empresas se deslocalicen allá, bien porque sus mercaderías desplacen los productos nacionales.
Por eso que no espere nadie críticas sostenidas a la lógica del capitalismo, ni nada por el estilo, sino incitaciones de odio a otros pueblos, incurriendo en la mayor de las contradicciones, porque si dicen defen­der las identidades de los pueblos y los hechos diferenciales entre culturas ¿Porqué siempre se descubren odiando otras identidades y cri­minalizando justamente esos hechos diferenciales? El que dice amar la bio­diversidad ¿Cómo puede presumir de desprecio por las demás especies?
Así pues, ante cualquiera que aparezca esgrimiendo la bandera de la Identidad, hay que emplear la misma precaución radical como cuando vienen con conceptos como defensa de la Patria o de la Libertad. Desconfiar por norma, pues todas estas referencias han sido pervertidas y utilizadas como encubridoras de las razones e intereses más espurios de Occidente. Hay que ver porqué y para qué emplean todas estas ideas. Porque con la confusión se viene una segunda consecuencia: mucha gente acaba por escupir sobre todas ellas, asqueada con el sentido y el contenido que les han dado. Si nos importa la libertad, no tengamos reparo en inquirir con dureza como Lenin y Mussolini. Lenin preguntó «¿Libertad? ¿Libertad para qué?» Y Mussolini desenmascaró a «aquellos defensores de la Libertad que la reclaman y se la apropian para sí, para negár­sela a los demás». Los que levantamos la bandera de las identi­dades hemos de inquirir sin contem­placiones «¿Identidad? ¿Identidad para qué?» y ser implacables contra «aquellos defensores de la Identidad que la reclaman y se la apropian para sí, para negársela a los demás».

domingo, 5 de octubre de 2008

Dos formas de mundialización


La "mundialización" es el proceso reduccionista de afrontar los problemas de la humanidad como si se tratara de un todo homogéneo. Existen dos formas de mundialismo: el que tiene una base económica - la globalización- y el humanismo universalista.

De un lado aparece la globalización, resultado final de la escalada del capitalismo en su régimen de acumulación del dinero. La ideología es ultraliberal. No es homogéneo en su interior. Está formado de un lado por la industria petrolera concentrada en los países de la OPEP, por lo que se llamó "el dinero nuevo" en la época de Reagan - industrias tecnológicas-, por una parte de la alta finanza, y por otro lado por la componente ideológica conocida como "neoconservadurismo" norteamericano, una ideología pseudo-imperial obsesionada con dos temas: hegemonía de Israel en Oriente Medio y hegemonía militar mundial de los EEUU. En este segundo pelotón se incluye al complejo militar-industrial norteamericano. El PP - y con más nitidez, el aznarismo- sería la quintaesencia de esta corriente en España.

En otro sector de la mundialización está el universalismo humanista desarrollado a partir de los años 50 en los círculos de altos funcionarios de plantilla de NNUU y de sus agencias especializadas. En este sector se incluyen miles de ONGs creadas en todo el mundo, redes formadas por NNUU - entre otras decenas, la Alianza de Civilizaciones- y algunos partidos de izquierdas que, huérfanos de marxismo y caído el comunismo, han tomado esta ideología como sustitutivo. Este sector pone especial énfasis en las medidas de ingeniería social y en la superación de fronteras y barreras nacionales. Es la ideología de los "ciudadanos del mundo". El zapaterismo forma parte de esta segunda corriente.

La cuestión a plantar es si la mundialización en cualquiera de sus dos vías es necesariamente nuestro destino y si ambas no son el producto evolucionado de una crisis de valores y de estructuras iniciada en la segunda mitad del siglo XX. A fin de cuentas, lo que nace de una crisis está también contaminado por la crisis y no deja de ser nada más que una fuga hacia adelante.

No se trata, pues, de resignarse a la globalización o bien proponer "otra forma de globalización", sino de negar la globalización y repensar el mundo sobre bases anteriores a la manifestación de los primeros signos de crisis.

Revista Identidad, nº 11

viernes, 12 de septiembre de 2008

Jean Thiriart habla sobre el separatismo

Quema de una bandera española por parte de un grupo de separatistas, en la Diada de Catalunya el pasado 11 de septiembre.

Veamos que opina el autor de "Imperium" sobre el separatismo:

¿Qué piensa usted de los movimientos autonomistas o separatistas, como el movimiento vasco ETA, el movimiento nacionalista bretón, el autonomismo corso?

Los particularismos vasco, bretón, corso, valón, flamenco, catalán, pueden ser analizados desde tres ángulos (hay más, pero falta espacio). Angulo político-histórico, psicológico, demagógico.

Bajo el ángulo histórico, en primer lugar. Va contra corriente de la evolución y las necesidades. La unidad de magnitud de un Estado estaba dictada por la calidad o la posibilidad de los transportes. En el momento del hundimiento del Imperio romano se ha debido volver a las pequeñas unidades territoriales autosuficientes. Un duque de Bretaña era concebible y justificable en el año 1200. Ya no lo era en 1650. En nuestros días el autonomismo de las dimensiones de Cataluña es carnaval. Los japoneses transportan por mar dando media vuelta al mundo millones de vehículos automóviles acabados, dispuestos a rodar.

Los télex de los financieros crepitan día y noche para señalar los movimientos de la Bolsa en Tokyo, Hongkong, Zurich, París, Londres, New York…

Los barcos navegan con una precisión de 300 metros interrogando a satélites y balizas Decca o Loran. Personalmente, en mi velero de alta mar, media docena de satélites me dan diez veces cada 24 horas mi posición en el mar. Mi ordenador de navegación puede anunciarme los próximos cincuenta pasos de satélites con su matrícula y el azimut de su aparición.

Me quedo estupefacto y pasmado ante las divagaciones de los particularistas. Por mi profesión (en la que utilizo cuatro ordenadores de medidas y de diagnóstico) y por mi hobby, la navegación, estoy metido hasta el fondo en la tecnología avanzada. Debido a las telecomunicaciones, hoy ya no existe la distancia. Centenares de miles de télex unen mediante cables o satélites a todos los continentes las 24 horas del día.

Todas las tesis histórico-políticas de Montesquieu han dejado prácticamente de tener valor (sobre todo las que unen la dimensión de un Estado a sus caracteres autoritarios o laxistas).

El gas de Siberia pronto será distribuido en Bruselas después de haber recorrido 8000 kms en tubos de acero fabricados en Lieja. Ese es el final del siglo XX.

A mediados del siglo XIX, los ferrocarriles han sido un elemento determinante de la (tardía) unificación alemana y han hecho de un país débil un país fuerte (Cfr. el pensamiento profético de un Friedrich List a este respecto).

Los nacionalistas vascos o corsos no quieren volver del tren a la diligencia, sino de la cápsula Columbia a la carreta de bueyes.

Bajo el ángulo psicológico los particularismos grotescos como el vasco o el bretón traducen en los individuos un repliegue sobre sí mismos, un miedo físico del mundo exterior, la certeza inconsciente de la incapacidad de hacer frente a la competición exterior (cosmopolita).

Los militantes ingenuos de estos movimientos (no hablo de los canallas demagógicos que explotan a estos idiotas) son de hecho los fracasados de la sociedad, los que no han podido ascender en la escala social. Los provincianos incómodos en las capitales o en las metrópolis.

El problema de la rebelión de los particularistas es en el plano psicológico el de la rebelión de los débiles incapaces de adaptación contra los fuertes capaces de adaptación. Su pretensión de ser diferentes oculta de hecho el rechazo a admitir explícitamente su inferioridad.

Cuando las cosas son “diferentes” y no comparables (como no son comparables superficies y volúmenes) se escapa, desde luego, a una clasificación de valor, se escapa a la selección. Los homosexuales también hablan del “derecho a la diferencia”. De hecho, son desviados, accidentes, y deben ser eliminados del marco de una sociedad sana que quiera ser eugenista.

Es fácil arrinconar rápidamente a estos pequeños cerebros de los particularistas evocando el problema del matrimonio exogámico. Queriendo respetar la identidad (sic) del “pueblo vasco”, desde luego hay que desanimar los matrimonios entre vascos y castellanos… Es evidente para estas gentes que un niño nacido de un apareamiento entre una mujer castellana y un hombre vasco es un jeroglífico, un mestizo, un inclasificable. Su sistema de pensamiento conduce a pequeños ghettos no solamente intelectuales, sino raciales. Y a partir de ahí, la endogamia conduce a la degeneración.

A finales del siglo XIX todavía se observaban numerosas degeneraciones en las poblaciones de los “altos valles” de los Alpes y los Pirineos. El grupo judío polaco, debido a su vida en ghetto voluntario durante siglos nos ha mostrado también un tipo físico degenerado, pequeño, no atlético.

Debo retroceder y darle un argumento más, pero en la dimensión política. La reivindicación de los corsos y de los bretones sería legítima si hubieran sido objeto de discriminaciones. Pero el Estado francés unitario, nacido en 1791, es por excelencia un sistema antiparticularista. Nada, absolutamente nada ha impedido a un corso llegar a ser almirante francés, ni a un bretón presidente del Senado en París. Por tanto, si no han llegado a ser ni almirantes, ni presidentes, es culpa de cada uno de ellos individualmente.

Y luego, defíname qué es un bretón o un corso, racialmente hablando. Por otra parte, no hay genotipo puro más que en Groenlandia (en 1850) o en Australia (en 1750).

Si yo soy, personalmente, tan radicalmente anti-americano, es porque en las estructuras “dominadores-dominados” de la OTAN, del Pacto Atlántico, de Occidente, los americanos son oficiales de marina y los europeos del Oeste cocineros… Aquí hay una discriminación. Se habría podido imaginar una “República atlántica”.

Si mañana los soviéticos que ocupen Europa del Oeste por necesidades militares se conducen como lo han hecho aquí los americanos desde hace 37 años, yo seré el primero en denunciar y luchar contra esta discriminación.

Pero si se construye el Imperio Euro-soviético y un hombre nacido en Málaga o en Lyon puede llegar a ser mariscal de esta Unión Soviética no habrá ninguna justificación para luchar contra las estructuras de esta “Gran Nación”.

En la Francia y la España unitarias no ha existido discriminación desde hace dos siglos. Los hombres nacidos en Barcelona o en San Sebastián podían llegar a ser presidentes o generales en Madrid. Los hombres nacidos en Ajaccio o en Brest podían llegar a ser almirantes franceses, generales franceses. Por tanto, no pueden dar ningún valor políticamente a sus reivindicaciones.
Llegamos al aspecto o parte demagógico. Aquí es el reino de la canalla. Bandidaje de derecho común y “resistencia” estaban estrechamente imbricados uno con otro en 1941 y 1942 en Francia y en Bélgica. Lo mismo en Córcega en 1982. El dinero de los atracos sedicentemente políticos del país vasco, desde hace quince años, ha sido reinvertido en un 95 % en negocios franceses del suroeste. Hoteles, restaurantes y supermercados han sido comprados en Francia con el dinero de los atracos políticos cometidos en el país vasco español.

Igual que el dinero de los beneficios del tráfico de drogas en los USA es convertido en inversiones limpias y honradas en Sicilia por la Mafia. El dinero robado por los autonomistas vascos ha sido lavado, blanqueado, reciclado en Francia.

En Bélgica, la autonomía parcial que ha sido concedida estúpida e imprudentemente a Walonia ha desembocado en esto. Los políticos walones de ínfima envergadura intelectual se han apoderado de fábricas, de intermunicipales (electricidad, gas, transportes públicos) “en nombre de la regionalización” lo mismo que langostas abatiéndose sobre un campo de trigo. La Walonia convertida en botín de pequeños aventureros está a punto de convertirse en una reserva de indios o de esquimales. La economía se hunde a marchas forzadas.

La pretendida dictadura del Estado central, ejercida contra las “pobres regiones explotadas” es lo contrario de la realidad histórica. Nada es más peligroso que depender del poder o la justicia local, regional, pueblerina, urbana. Pequeños Estados, sórdidos ajustes de cuentas. Los ajustes de cuentas entre los Pazzi y los Médicis en Florencia, a finales del siglo XV, eran, desde luego, inconcebibles en la Italia unificada a finales del siglo XIX.

Tolerar las payasadas vasca, catalana, flamenca, corsa, bretona, en el seno de Europa es reanimar mil conflictos del tipo Pazzi-Médicis.

El filósofo socialista francés no se ha engañado. Esto es lo que escribía Alain en septiembre de 1924:

“Se dice frecuentemente que el régimen democrático no convenía más que a los pequeños Estados -tesis de Montesquieu-. El acontecimiento nos hace ver precisamente lo contrario, en el sentido de que la autonomía de las provincias tiene por efecto casi en todas partes un régimen violento y una tiranía de hecho. Platón ha demostrado cómo los ambiciosos y los perezosos unidos se han apoderado enseguida de la ciudadela. Pero tampoco tenía ninguna idea de estos grandes Estados en los que las intrigas locales son fácilmente reducidas por un cambio de altos funcionarios y por la investigación de una policía enviada desde el centro y que no tiene primos, ni intereses ni lazos en el cantón”.

Fin de cita. Un poco más adelante, Alain sigue escribiendo:

“Hace falta, por tanto, un poder abstracto, lejano, irresistible. Y esto supone una gran extensión de país y gendarmes indiferentes. En cuanto el gendarme tiene una viña en el país ya no es gendarme. Las grandes monarquías se sostuvieron porque un poder absoluto es siempre justo desde que no está cogido en el juego de las pasiones. Los cuatro regimientos húngaros que controlaban Milán en tiempos de Bonaparte eran más justos que magistrados que tenían que conservar sus amigos, tratar con miramientos a sus enemigos y para quienes, en fin, una sentencia era el comienzo de una peligrosa querella”.

Recientemente, también Alexandre Zinoviev hablaba el mismo lenguaje, el de Alain y el mío. Esto es lo que saco de La Maison Jaune de Zinoviev:

“El pueblo soñaba con un nuevo Stalin. ¿Por qué? ¿Cómo que porqué? Porque Stalin hacía bajar los precios mientras que éstos los suben. Y sobre todo, el pueblo ruso deseaba un poder central fuerte, un poder superior que lo protegiera de la arbitrariedad de las pequeñas autoridades locales”.

Entrevista realizada a Jean Thiriart el año 1983.
Extraído de Thiriart

jueves, 11 de septiembre de 2008

François Duprat, ¡presente!


En la mañana del 18 de Marzo de 1978, en un camino de Normandía, François Duprat (37 años) muere en la explosión de su vehículo y su esposa, ella, será gravemente herida y mutilada.

Su asesinato será reivindicado por el “Commando du Souvenir” (”Comando del Recuerdo”) que termina su comunicado con un “¡No olvidemos Auschwitz!”

Con ocasión del 26º aniversario de la muerte de François Duprat, considero de suma utilidad recordar quién fue. Máxime en una época en la que el movimiento nacionalista tiene una memoria particularmente corta.

François Duprat fue ante todo un militante, siempre. De Occident al Front National, pasando por el GUD o el Ordre Nouveau (y me olvido), siempre se veía a Duprat donde las cosas pasaban.

Pero François Duprat era también un ideólogo, se le puede considerar además como el teórico principal del nacionalismo revolucionario moderno. Y en el instante en el que los nacionalistas comienzan a dividirse discutiendo sobre “quién es el enemigo principal o secundario”, las posiciones vanguardistas de Duprat deben hacernos reflexionar.

Activista anti-izquierdista de primer orden, es también uno de los que impulsan durante los años 70, al FN a posicionarse contra la inmigración. De hecho, en esa época el problema de la inmigración ya era bien real aunque no tan agudo, y ciertas personas en el seno de la derecha nacional, por reflejo colonialista, no encontraban útil el rechazar las poblaciones originarias de las antiguas colonias francesas.

Duprat, frente a todo el mundo, denunciaba los riesgos de la inmigración sobre la identidad de los pueblos europeos. Se le podrán reprochar cosas, pero no la de carecer de una visión clara de futuro.

Pero lo que era destacable en Duprat, era esta capacidad de analizar los fenómenos sociales y de analizar profundamente sus causas. Y para él, denunciar la inmigración no era suficiente, quería también denunciar las fuerzas que la estaban provocando.

Y él no vacilaba en calificar a esas fuerzas del dinero cosmopolita : el gran capital apátrida y vagabundo…

Había desmontado las ruedas de un mecanismo que tenía diversos fines: mano de obra barata, mestizaje de los pueblos, destrucción de las particularidades nacionales y del potencial espíritu de resistencia que mana de allí, preparación para el mundialismo, etc…

Y aunque Duprat era bien consciente del interés de una gran fuerza política electoral como el Front National en la que participaba con los Groupes Nationalistes Révolutionnaires (Grupos Nacionalistas Revolucionarios) como “coriente”, no descuidaba la formación de cuadros revolucionarios.Su formación como historiador y las numerosas obras de referencia de las que era autor, le ayudaron enormemente en esta tarea.

Cabe preguntarse dónde estaría el movimiento nacional en Francia y en Europa si no lo hubieran asesinado. Y sus asesinos sin duda conocían su valía y por eso decidieron eliminarle a él y no a otros mucho más conocidos mediaticamente.

Porque es indispensable recordarlo: François Duprat era uno de los nuestros y fue asesinado por ello.François Duprat era uno de los nuestros y sin él, nuestras ideas estarían ancladas en esquemas pasados. François Duprat era uno de los nuestros y sus asesinos no son de la chusma de los suburbios, más bien de aquellos, a los que algunos de nuestro entorno miran hoy día con ojos tiernos.

Pero nosotros queremos tener larga la memoria y dura la dentadura.

Y nosotros no olvidamos qué fue Duprat: anti-imperialista pero también pionero de la lucha contra la inmigración.Y nosotros no olvidamos tampoco quién lo asesinó y porqué.

En todo caso una cosa es segura: ¡Él creó escuela! Nuestra existencia y nuestra concepción del mundo son la prueba.

Hervé Van Laethem

Extraído de VoxNR y traducido por La Bandera Negra

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Nuestro socialismo: nacional y revolucionario


Para poder definir nuestro Socialismo es imprescindible conocer y definir que es el Socialismo. Numerosos historiadores, ideólogos, políticos y opinadores varios han tratado de definirlo, sobre todo desde el marxismo: fue el alemán Engels quién explicó que el socialismo es un modelo de relación humana rastreable miles de años atrás, esencia misma de la condición de nuestra especie. Hace no mucho el presidente Chavez explicaba en televisión (ver) que en su tierra el socialismo existía incluso en las sociedades protohistóricas, precolombinas y actualmente indígenas.

¿Qué es el socialismo genérico?

Llamo socialismo genérico al socialismo común y de mismo principio, aquel en el que concuerdan todas las familias socialistas y todas las disidencias. Es decir, la esencia misma del un movimiento amplio que fue, a su vez, inspirador de grandes ideologías, corrientes y políticas que cambiarían el mundo. Se trata de definir con claridad, exactitud y precisión la naturaleza socialista.

Según la politología moderna, el socialismo es un sistema de organización social y económico basado en la propiedad y administración colectiva o estatal de los medios de producción y en la regulación por el Estado de las actividades económicas y sociales, y la distribución de los bienes.

Un sistema es un conjunto de reglas, principios, órganos y voluntades estructuradas y relacionadas para una función u objetivo superior. Y es, extrayendo la esencia de la función superior, la única manera de definir simple y genericamente el socialismo.

Si se analizan los distintos movimientos socialistas se observará que es un primer género generador. El socialismo ha existido en distintas fases, épocas, territorios y naciones… Es decir no es unívoco, sino análogo. Esto significa que se aplica a realidades distintas con sentidos diferentes, sin perjuicio de las conexiones existentes entre ellas. El socialismo, como género plotiniano, carece de unidad sustancialista. Es y ha sido diversas corrientes políticas, algunas de ellas incompatibles entre sí, que han seguido sus cursos evolutivos a partir del “primer género generador”.

El motor principal del socialismo genérico se podría definir como una Idea funcional para la consecución de la Justicia Social.

El socialismo genérico es universalista, como respuesta global y atemporal incompatible con los particularismos de cualquier tipo. Esto no es óbice -es una obviedad pero es preciso aclararlo- para que las soluciones socialistas puedan y deban adaptarse a las formas, estructuras e idiosincrasias temporales, territoriales y nacionales, siempre y cuando no caigan en el egoismo -o particularismo- sino en un solidarismo superior a la adaptación estructural y esencial.

Clases de socialismo.

En el Marxismo sólo existen principalmente dos tipos de socialismo: el socialismo utópico como análisis centrado en la realidad cercana, sin estudio profundo y concreto del desarrollo histórico capitalista, cuya función era la mejora de las condiciones de los trabajadores por medio del convencimiento, transformando la sociedad en base a sus convicciones y buena voluntad tanto social como religiosa; y el socialismo científico, basado en el materialismo histórico como análisis científico de la sociedad, historia y economía, más práctico y realizable según los teóricos marxistas.

Para la “Izquierda Política”, la izquierda socialista se define respecto al Estado (1): distinguen entre las generaciones de las izquierdas definidas y las corrientes de las izquierdas indefinidas. La primera generación de las izquierdas definidas corresponde a la izquierda radical (la izquierda revolucionaria francesa). La segunda, a la izquierda liberal. La tercera, a la izquierda libertaria. La cuarta, a la izquierda socialdemócrata. La quinta, a la izquierda comunista. Y la sexta, a la izquierda asiática (la vinculada al maoísmo). Con respecto a las corrientes de las izquierdas indefinidas, podemos distinguir entre la izquierda extravagante, la izquierda divagante y la izquierda fundamentalista.

La politología oficial ha simplificado la categorización del socialismo en: Árabe, Autogestionario, Científico, Cristiano, Democrático, Ecologista, Libertario, De mercado y del siglo XXI principalmente.

¿Qué socialismos han creado el movimiento NacionalRevolucionario?

La utilización del verbo crear en vez del verbo influir es importante y precisa: los movimientos nacionalrevolucionarios nacen de los socialismos existentes, no como ruptura sino como superación vanguardista de estos, sin dejar de ser radicalmente socialistas.
Sindicalismo Revolucionario (2)

El sindicalismo revolucionario nace como linea rupturista con el socialismo en forma de partido político, que por entonces era un socialismo democrático, pactista y parlamentarista. Crece imponiendo una voluntad de estructuración propia en base al sindicato, verdadera organización obrera revolucionaria y único cuerpo orgánico capaz de encauzar los cambios sociales necesarios de los trabajadores. La carta de Amiens supone el primer pilar sindicalista autónomo, una vez rota la vía política propiamente dicha. Su máxima, la de la I internacional: “la liberación de los trabajadores será hecha por los trabajadores mismos o no será.”

El pensamiento de Sorel, uno de los principales ideólogos del sindicalismo revolucionario, era antiracionalista, y rechazaba las teorías marxistas del materialismo histórico, el materialismo dialéctico y el internacionalismo. Fuertemente influido por el voluntarimo de Nietzsche, las tácticas de Le Bon y o el anticartesianismo de Bergson, sirvió de base esencial e ideológica para el nacional sindicalismo de Ramiro Ledesma Ramos o el sorelismo protofascista italiano. (3)

Bolcheviquismo

Diferenciado del bolchevismo teórico, el bolcheviquismo práctico y real alejado del materialismo histórico marxista y materializado en el leninismo y el stalinismo versátil influyó en ideólogos como el alemán Eltzbacher, padre del nacionalbolchevismo o bolchevismo a secas. Según Dugin, no ha existido jamás un bolchevismo no nacional (4). Así mismo el leninismo influyó decisivamente en Thiriart y su organización Joven Europa, iniciando el camino del nacional-comunitarismo como evolución lógica del comunismo nacional.

El bolchevismo tuvo una importante influencia en el pensamiento strasserista y en general en el socialismo Bündisch revolucionario, cuyo cuerpo disidente (y represaliado) giraba en torno a la comunidad del pueblo (Volksgemeinschaft) como socialismo nacional y nacionalizador de la economía.

Fueron, en definitiva, las corrientes revolucionarias y de vanguardia obrera las constituyentes del socialismo del que se nutrieron los movimientos NR (o pre-NR) en Europa. Mientras en el norte el comunismo anti-marxista y nacional -bolchevique- sentaba las bases, en el sur eran los movimientos sindicalistas, empapados de voluntarismo y de heroicidad patria.

Un socialismo revolucionario y nacional

No pretendo esplayarme en la protohistoria del movimiento NR, ni siquiera en los grupos que influyen directamente en la metapolítica Nacionalrevolucionaria (algunos de ellos han sido citados). Tampoco trato de asentar los puntos doctrinales de lo NR, sino mostrar como nuestra corriente se ha constituido en base a elementos ideológicos socialistas ya existentes cuyas influencias son elementales para nuestra definición y posicionamiento de hoy.

El alma misma de lo NR es nutrirse de lo socialista, superándolo a través de una filosofía de voluntad y vanguardia. Es decir, no cabe en lo Nacionalrevolucionario lo historicista, ni lo regresivo o utópico: debe ser siempre actual. La definición de un socialismo de vanguardia cuyos análisis sean actuales y cuyas recetas sean acertadas conformará la doctrina renovadora de lo puramente NR.

El socialismo de lo NR se conforma y estructura en base a las comunidades populares, las patrias. Es un mensaje universal: el de la liberación de los pueblos. Este universalismo es anti-globalizador, puesto que su mensaje se materializa y se nutre de la personalidad, realidad e idiosincrasia de cada pueblo, en solidaridad para con los demás en una misma lucha anti-mundialista.

Es revolucionario porque pretende la transformación profunda y radical de la sociedad, la economía, los pueblos y el espíritu de las gentes. La historiografía habla de tres tipos de revolución: la política , la social y la económica (5). Nuestra revolución será total o no será.
Patria, como comunidad popular, Socialismo y Revolución son tres gritos inseparables. Aquel que pretenda hacer un NR distinto (normalmente la infiltración niega el socialismo, ridiculiza lo revolucionario y chauviniza lo patriótico) a estos tres pilares, estará -es mi opinión- negándo la esencia propiamente nacionalrevolucionaria y, por lo tanto, construyendo “otra cosa”.

D. M. Urioste

Notas:
(1) Enciclopedia Libre de Filosofía Symploké. Gustavo Bueno, “El Mito de la Izquierda“.

(2) De obligada lectura: Gustavo Morales: “Sorel y el sindicalismo nacional” [CEE]

(4) Just Bolshevism, Alexander Dugin

(5) Según los historiográficos:

Político: La Revolución Francesa como sustitución de la monarquía absoluta existente hasta 1789, para reemplazarla por un sistema político con características radicalmente opuestas, lo que permitió hablar de un Antiguo Régimen y un Nuevo Régimen.

Social: La sustitución como clase dominante del estamento privilegiado (formado por nobleza y clero) por la burguesía, con el cambio de relaciones, comportamientos, actitudes y valores sociales que se identifican con una u otra; permite hablar de una nueva sociedad de clases.

Económica: La Revolución Industrial tiene un carácter esencialmente económico, la transformación respecto de la época precedente (la preindustrial) con el uso de nuevas técnicas, fuentes de energía, invención de maquinarias, innovadores medios de transporte, aumento de la capacidad productiva con la sustitución de los talleres artesanales por las fábricas, etc.

domingo, 24 de agosto de 2008

"Europa" y "Occidente": dos conceptos antagónicos


Nuestros hombres políticos y nuestros intelectuales hablan continuamente de Europa y Occidente, como si estuviera claro que la primera sería lo mismo que el segundo. El Occidente, en tal acepción, indicaría así un conjunto formado por los países de Europa, sobre todo de Europa Occidental, y Estados Unidos de América, con el apéndice canadiense. En otras palabras, el Occidente coincide con los limites de la OTAN.

Pero si examinamos el origen del término “Occidente”, no en el sentido geográfico obviamente, sino en sentido político, descubrimos algo muy diferente de esta acepción “otanica”: a principios del siglo XIX, en Estados Unidos de América, esta expresión nació, no para englobar Europa en un contexto atlántico más extenso, sino, al contrario, para que el joven Estado americano tomara sus distancias frente a los países del Viejo Continente.

Encontramos los primeros rastros de esta distinción en los discursos de los unos de los más interesantes Presidentes americanos, Thomas Jefferson, cuyo aniversario 250 de nacimiento se celebró en 1993. Ya en 1808, Jefferson afirmaba que América era un “hemisferio separado”; a continuación, en 1812, y más claramente aún en 1820, proponia un meridiano destinado a separar para siempre “nuestro hemisferio” de Europa. En el hemisferio americano, profetizaba, es decir, el hemisferio occidental, “el león y el cordero vivirán en paz uno con otro”.

La etapa siguiente fue la de la famosa declaración del Presidente Monroe, el 2 de diciembre de 1823, por la cual prohíbe a toda potencia europea intervenir en el hemisferio occidental-americano. Desde entonces, la afirmación de esta especificidad occidental-américana fue in crescendo, hasta las posiciones adoptadas por el Presidente Teodoro Roosevelt a principios de nuestro siglo, luego a las declaraciones diplomáticas de 1940 y de la inmediata posguerra. Lo que cuenta, es que en todos estos discursos, en todas estas declaraciones, en todos estos documentos diplomáticos americanos, por hemisferio occidental, por Occidente, se entiende algo radicalmente opuesto a Europa. No se trata solamente de indicar y delimitar una esfera de influencia o una zona de defensa en la cual se excluye la presencia de todo enemigo potencial. Si tal era el caso, el Occidente solo sería una de estas innumerables denominaciones utilizadas en política y en diplomacia para definir un lugar o una situación geográfica o estratégica.

Se trata mas bien de otra cosa. Realmente, la idea de demarcar un meridiano que separaría a Europa de Occidente se basa en la idea de que Occidente, es decir, América considerada como Occidente en comparación con Europa, sería básicamente diferente de Europa en su esencia y su proposito. Esta idea se basa pues en la presunción que esos dos mundos, el viejo y el nuevo, son radicalmente diferentes por naturaleza, según la tradición y la moral. En tal contexto, América termina siendo diferente de Europa, porque América es la tierra de la igualdad y la libertad, opuesta a Europa, de tierra donde existen estratificaciones sociales y donde reina la opresión. América, definida como Estados Unidos de América, es la tierra donde el hombre bueno consiguió crear un orden social y político buenos, mientras que Europa es la tierra del defecto y la corrupción; América es la tierra de la paz, Europa, la de la discordia y la esclavitud.

El meridiano, que debería separar el Occidente de Europa, reviste pues una función de conservación de los “buenos” contra los “malos”, indica una oposición radical e insuperable, al menos mientras Europa no renuncie a sus “perversidades” (¿eso será algun día posible?).

Este tipo de razonamiento encuentra sus raíces en las más antiguas tradiciones políticas americanas, las de los padres fundadores. Recuerdemos que ellos eran puritanos, protestantes extremistas, animados por una profunda fe en Dios y en sí mismos, porque creían haber sido elegidos por este, obligados a abandonar Inglaterra para escapar a las persecuciones y a los contactos entre los protestantes corrompidos y los papistas diabolicos. Para ellos, América era una tierra virgen, donde podían construir un nuevo mundo, un mundo de los “puros”, un mundo para el pueblo de Dios, un mundo liberado de las normas impias de Europa, afortunadamente separado de ésta por millares de millas de océano.

Dios pues había dado América a sus habitantes y éstos debían guardarla pura, libre de todas las torpezas europeas que acababan de abandonar. La Doctrina de Monroe y el concepto de “hemisferio occidental” son la transposición política y laicizada al compás de las décadas, de esta mentalidad que, al principio, era religiosa y que aspiraba a una separación más neta con Europa.
Los que, hoy, utilizan indiferentemente los términos “Europa” y “Occidente”, como si fueran sinónimos, o como si el segundo incluye a la primera, y adoptan este uso erróneo, cometen un grave error histórico y político. En tanto que aceptan, consciente o inconscientemente, la visión americana del mundo, esperando de este modo que Europa haya entrado completamente en Occidente.

Me parece bien de destacar el siguiente hecho: en la definición de Occidente, tal como nació en Jefferson, se inscriben inmediatamente las dos formas americanas de concebir las relaciones internacionales, de las que se tiene el hábito de considerar erroneamente como exclusivas una de la otra: el intervencionismo y el aislacionismo. En efecto, si el Occidente está “bien”, singifica que el mundo no infectado por las perversidades europeas, entonces es necesario sacar dos consecuencias. Por una parte, puede decidir volver a encerrarse en sí mismo, para impedir el contagio externo; por otra parte, puede decidir salir de su propia trinchera para lanzarse y “salvar al mundo”. Es esta segunda política la que prevaleció en la historia americana, sobre todo porque la idea de un Occidente incorruptible se unió a la del “destino manifiesto” de los Estados Unidos (esta expresión se forjó en 1845 durante el conflicto que se oponía a los EE.UU a Inglaterra por el Oregon) para constituir el peor de los imperialismos.

Así pues, toda la acción americana sobre el continente americano es justificada en la defensa de los intereses de los Estados Unidos; toda acción en ultramar es una “misión” del Bien para salvar el mundo. Mientras que la recíprocidad no vale para los Europeos, portadores el “mal”, que no podrán nunca introducirse de buen derecho en los asuntos del continente americano, como lo pretendía precisamente la Doctrina de Monroe, que prohibía a los Europeos todo movimiento al Oeste del meridiano “separador”. Los que hoy en Europa se imaginan como paladines de Occidente, son simplemente individuos que se integraron en el modo de vida y en el espiritu de los Americanos y que, consciente o inconscientemente, consideran haber sido “salvados” y “liberados” por ellos.

Realmente, se sometieron a los americanos, renunciando a las tradiciones europeas.

Extraído de: Europeísta

viernes, 22 de agosto de 2008

"La crisis", por Joaquim Bochaca


Todos hablan de crisis económica, unos por ignorancia, otros por mala fe, y la mayoría por inercia mental. Y sin embargo, si hay algo que aparezca con meridiana claridad, es que no puede haber ninguna crisis económica.

La crisis es simplemente financiera.

Porque si la Economía se compone de tres partes: Producción, Consumo y Distribución, el fallo está, única y exclusivamente, en la última parte, la menos “económica” de las tres.

En efecto, si las máquinas progresan a ritmo geométrico y la demografía occidental permanece estacionaria, cuando no en retroceso, es evidente que la Economía debería mejorar casi a diario, y los precios bajar. Si una Comunidad produce más bienes y servicios en una unidad de tiempo, sin aumentar la población, o aumentando ésta a un ritmo netamente inferior a la productividad, bajarán en barrena los precios por la simple dinámica de los hechos.

Sin embargo todos sabemos que no es así, ¿Por qué? ¿Por qué las empresas quiebran a millares en todo Occidente, mientras sólo progresan, insultantemente, los Bancos y entidades de “servicios financieros”? ¿Cómo es posible que este hecho clarísimo no llame la atención y provoque la indignación de los más? Aun sin ahondar en el problema, sin necesidad de estudiar someramente la problemática y la operatividad de la Finanza, debe aparecer más que claro para la inteligencia más mediocre que si la producción alcanza cotas inimaginables hace sólo unos años, mientras que la gente sigue deseando consumir, el defecto actual sólo puede estar en la distribución; es decir, la Finanza.

FINANZA Y PODERCuando aludimos a la enfermedad de la Distribución, causante de la actual crisis “económica”, nos referimos, insistimos, a la Finanza. Con ellos entramos en el problema del dinero, ese instrumento de cambio de bienes y servicios, del que casi nada se sabe.
En España especialmente, el desconocimiento acerca de la naturaleza del dinero es casi increíble, incluso entre altos cargos directivos de las empresas. La creencia general es que se trata de unos trocitos de papel con los que se “compran” cosas.

La realidad es que esos trocitos de papel o metal representan, en el conjunto de un país occidental, apenas un 4% de los que es el verdadero “dinero”. En grandes potencias industriales, como USA, no llega ni siquiera al 3%.

En realidad lo que la gente llama “dinero”, no es más que la “calderilla”.
El resto es una fenomenal sobre estructura de créditos, manejada por Bancos; o mejor, por el sistema bancario. Una ficción que amenaza con llevar al mundo a la bancarrota como ya lo hizo durante la década de los 30.

En toda comunidad humana regida por principios serios y éticos, el objetivo de la producción es el consumo y no la rentabilidad del capital. La industria, la agricultura, y los servicios deben cubrir la demanda real -exclusivamente real y no la artificial, generada por un exceso de publicidad- y no asegurar beneficios inauditos al actual sistema usurario imperante.

domingo, 17 de agosto de 2008

Del simbolismo político del color negro

Julio, en Alemania, militantes del NPD se manifestaban en las calles cuando unos contra manifestantes se oponían; en ese contexto los periodistas han evocado la emergencia de un Bloque Negro de extrema derecha, cuyos símbolos no se distinguen fácilmente de los de la extrema izquierda.
Esta explicación podría hacernos pensar que los periodistas quieren tratar un fenómeno, observable y recurrente: el del pasaje de las ideas políticas de la izquierda a la derecha y viceversa, o el hecho de Joschka Fischer, antiguo ministro de asuntos extranjeros de la RFA, que acaba de declarar que releía Ernst Jünger ("El combate como experiencia interior") cuando jugaba a guerrillero en las calles. Estos periodistas han podido también querer decir que los extremos terminan siempre por tocarse. En fin, "Bloque Negro" o no, el análisis nos demuestra que el color negro ha sido el signo de la izquierda revolucionaria como de la derecha revolucionaria.
Cronológicamente el uso del negro como signo político ha sido primero de la izquierda: durante la revolución de Julio de 1830 en Paris, no sólo se vieron partisanos de la bandera roja oponerse a los partisanos de la tricolor, sino que en el mismo seno de la fracción más radical emergió un movimiento anarquista, en el sentido más estricto del término, que hizo del negro su color predilecto. En 1848 Bakunin se posiciona naturalmente detrás de una bandera negra. Durante la Comuna, en 1871, los elementos más radicales también usaron la bandera negra.
Desde 1880, los grupos anarquistas comienzan a organizarse en numerosos paises europeos y en EEUU: esta corriente se identifica con el color negro. Entonces se considera, en todas partes, que el color negro es el color de los anarquistas; es en negro que combaten las tropas de Nestor Makhno despues de la primera guerra mundial por una Ucrania independiente. Las milicias anarquistas españolas eligen también el negro durante la guerra civil española.
A lo largo del siglo XX, el anarquismo pierde rápidamente su importancia. Su bandera negra cae en el olvido. No renacerá hasta despues de la revuelta estudiantil de los años 60, primero en los EEUU, luego en el mundo entero.
Los anarquistas interpretan el uso del negro de maneras diferentes: unos pretenden recoger un símbolo tradicional de protesta, otros afirman que se trata del negro del duelo llevado por los combatientes caídos por la Comuna en 1871. Otros incluso, como Howard Ehrlich, dicen que la bandera negra representa la negación de todos los colores, es el rechazo de todas las formas de dominación ejercidas por el hombre.
Pero los anarquistas no pueden revindicar el monopolio de la bandera y del color negro: durante las dos grandes guerras mundiales, existieron movimientos nacionalistas que eligieron este color simbólico porque portaba, a sus ojos, una dinámica revolucionaria. Fue el caso, sobre todo, de los fascistas italianos que desfilaban en camisa negra y llevaban banderas y estandartes negros.
No está claro el origen de la camisa negra. La tesis más plausible es que proviene de los uniformes de los "arditi", unidades de élite italianas del ejército de tierra, cutos soldados, después de la Gran Guerra, se han incorporado a los partisanos de Mussolini. Los "arditi" preferían las camisas negras en su uniforme porque les daba un aspecto particularmente terrorífico. Así mismo no pienso que los fascistas hayan elegido las camisas negras tradicionales por los obreros de Emilie-Romagne que las llevaban.
Muchas pequeñas formaciones fascistas vuelven a utilizar la camisa negra a partir de los años 20, copiando el modelo italiano. En Alemania, el NSDAP prefería el pardo para los uniformes de sus formaciones políticas (aunque las SS iban de negro, porque decían pertenecer a los "Schwarzes Korps", a los "cuerpos negros"). ¿Porqué eligieron el pardo? Sin duda porque el negro había sido acaparado por los movimientos nacional-revolucionarias en competencia con los nacional-socialistas.
Inmediatamente después de la primera guerra mundial, los nacionalistas, en el Reich alemán, habían izado banderas negras para protestar contra el tratado de Versalles. Durante los años 20, numerosos grupos y grupúsculos adoptaban el negro como símbolo, notablemente influenciados de Arthur Moeller van den Bruck. Los principales grupos que optarían por el negro son las federaciones de juventudes (Jugendbünde), el Landvolkbewegung (El movimiento del pueblo del campo) y el movimiento "Widerstand" (Resistencia) del teórico nacional-revolucionario Ernst Niekisch. La disidencia del NSDAP, llamada Frente Negro, utilizada la bandera negra.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los emblemas negros desaparecen casi totalmente. No volverán que hasta los años 90, cuando los Kameradschaften militantes de extrema derecha reaparecen en las calles de Alemania: han buscado, para crear sus símbolos, en los viejos fondos de las tradiciones nacionalistas. Han descubierto que el negro tuvo su importancia. De ahí la noción "Bloque Negro". Ese Bloque Negro utiliza el negro en las variantes de la moda: en las sudaderas con capucha, las gorras o las gafas de sol.
Dr. Karlheinz Weissmann
Traducido por "Europeos"

lunes, 4 de agosto de 2008

Carta (1855)


El siguiente texto es una carta de la clase obrera española a las cortes que data de 1855. Como veremos a continuación muchas de las injusticias denunciadas hace 150 años siguen estando vigentes hoy en día, espero que tal hecho sirva para abrir los ojos a aquellos que no se dan cuenta que nos encaminamos hacia una nueva era de explotación impía al más puro estilo de la Revolución Industrial; eso sí esta vuelta a la feroz y cruel opresión del trabajador estará edulcorada con la falsa ilusión del paraíso materialista y hedonista.

Señores Diputados(...):

Hace años que nuestra clase va caminando hacia su ruina. Los salarios menguan. El precio de los comestibles y el de las habitaciones es más alto. Las crisis industriales se suceden. Hemos de reducir de día en día el círculo de nuestras necesidades, mandar al taller a nuestras esposas con perjuicio de la educación de nuestros hijos, sacrificar a estos mismos hijos a un trabajo prematuro.

Es ya gravísimo el mal; urge el remedio y lo esperamos de vosotros. Os pedimos únicamente el libre ejercicio de un derecho: el derecho de asociarnos.

Hoy se nos concede sólo para favorecernos en los casos de enfermedad o de falta de trabajo; concédasenos en adelante, para oponernos a las desmedidas exigencias de los dueños de los talleres, establecer de acuerdo con ellos tarifas de salarios, procurarnos los artículos de primera necesidad a bajo precio, organizar la enseñanza profesional y fomentar el desarrollo de nuestra inteligencia(...).
Exposición de la Clase Obrera Española a las Cortes (9 de septiembre de 1855)

domingo, 3 de agosto de 2008

Pentti Linkola en español


“¿Qué se puede hacer cuando un barco que transporta cientos de pasajeros naufraga y sólo se dispone de un bote salvavidas? Cuando el bote esté lleno, aquellos que odian la vida tratarán de cargarlo con más gente y acabarán hundiéndolo. Aquellos que aman y respetan la vida tomarán un hacha del barco y cortarán las manos de aquellos que se agarren a los costados del bote.”

Con esta afirmación, Pentti Linkola expresa la dura aunque vitalista doctrina con la que se ha dado a conocer, una doctrina que busca restaurar y celebrar el evidente equilibrio que da forma a toda la realidad. En una época que levanta murallas de retórica y acero para mantener al margen la furia de la naturaleza, él las derrumba sin piedad. No porque (como a la sociedad moderna le gustaría que pensases) esté loco o delire, sino porque es uno de los pocos que verdaderamente pretenden proteger la vida.

PRÓLOGO

Pentti Linkola nació el 8 de Diciembre de 1932 en Helsinki, capital de Finlandia. Su padre era profesor de botánica en la Universidad de Helsinki, además de fundador de la Asociación Finlandesa para la Conservación de la Naturaleza. Su profesor de biología en el instituto despertó en él un gran interés por la naturaleza, y comenzó a escribir ensayos sobre ecología y ciencia con gran dedicación. Su primera obra publicada fue un libro sobre pájaros escrito en colaboración con O. Hilden y titulado Suuri Lintukirja (“Gran libro sobre pájaros”, 1955). Dieciséis años después publicó su primera obra estrictamente ecológica, “Sueños de un mundo mejor”. En esta obra su optimismo respecto a la humanidad comenzó a vacilar, siendo sustituido por la idea de que un cambio completo de mentalidad era necesario para que la naturaleza y la humanidad pudiesen continuar existiendo. A partir de ese momento se distinguió como alguien que cree que la sociedad debe dejar a un lado todos los deseos insignificantes y frívolos del individuo. A lo largo de todos estos años Linkola ha escrito varios libros, dando numerosas conferencias y discursos y desarrollado un modo de vida que él considera ecologicamente sostenible. Es bastante popular en su tierra natal finlandesa, y recibió el premio Eino Leino por sus méritos literarios. Su último libro apareció en 2004 (“Podrá la Vida ganar – ¿Y en qué condiciones?”) y actualmente vive retirado como pescador.

IDEAS

Belleza y organización de la Naturaleza.

“La relación con la naturaleza es absolutamente esencial en la construcción de la propia visión del mundo”

En los escritos de Linkola hay una indudable admiración por la naturaleza y el orden que ésta manifiesta. En sus relatos sobre viajes a través de vastos bosques o sobre las gélidas mañanas que pasa pescando, se hace patente que ama todo aquello que integra una fuerza tan magnífica. No es una percepción superficial de la naturaleza como la que uno puede encontrar normalmente en el movimiento político-ecológico, ni tampoco como la que muestran las personas comunes. Su amor se cimenta sobre la admiración del gran conjunto en cuya creación participa cada aspecto, lo áspero y brutal junto con lo bello y tranquilo. Para Linkola la naturaleza no es algo a lo que uno mira a través de una ventana, o un lugar al que se puede ir de vacaciones una vez al año. Para él es una entidad que abarca todo, por mucho que las personas decidan ignorar aquello que les rodea.

Linkola habla de la armonía que existe en la naturaleza, un equilibrio que subyace en todo, a menudo de forma sutil. Esta estabilidad actúa a través de muchos mecanismos que aseguran que la población permanezca estable y se adapte a las circunstancias que puedan surgir. Muchas especies disponen de sistemas de autorregulación para controlar el número de nacimientos; esto les ayuda a no caer repetidamente en situaciones desastrosas y padecer hambrunas. Las enfermedades surgen en muchas ocasiones para diezmar poblaciones demasiado densas, asegurando así el equilibrio del ecosistema. Los humanos han sido capaces de evitar este mecanismo infalible por medio del cuidado médico, controles de población limitados y tecnología moderna. Linkola considera que las repercusiones son inevitables, y que cuanto antes nos demos cuenta antes podremos reconducir nuestra actitud y evitar dañarnos a nosotros mismos y al sistema en el que vivimos.

Otro hecho que Linkola enfatiza es que la naturaleza es ajena a la moral típica y la dualidad. A diferencia de los típicos políticos ecologistas de hoy en día, que apelan principalmente a la emoción, Linkola ama tanto la parte despiadada como la parte bondadosa de la naturaleza. No hay mal en el carnívoro que caza, y tampoco en la hambruna o la enfermedad. Son simples sucesos naturales dentro de este sistema. Su existencia asegura que el sistema al completo permanezca estable, así como que la vida misma continúe. Llama a la erradicación de criaturas a las que los humanos han dado oportunidad de reproducirse sin restricciones, lo cual ha dañado el ecosistema circundante. Mientras que los ecologistas y muchos otros miembros de esta sociedad aman a los gatos, Linkola quiere eliminarlos debido a la cantidad de animales que matan sin actuar en ningún momento como un depredador típico. Este tipo de lógica es muy diferente de la del ecologista común, que actúa movido por una compasión simplista y no por el analísis holístico del sistema.

Todos los componentes de este sistema son importantes porque la humanidad como especie, sin importar lo excepcionales que creamos ser, permanece dentro de esta estructura y sigue estando limitada por sus leyes. Todas nuestras acciones producen efectos y deberían valorarse siempre tomando en consideración qué impacto tienen en el conjunto del ecosistema. Sin embargo Linkola señala que este enfoque no se aplica practicamente nunca en la época actual. La gente actúa como si viviese en un mundo aparte, como si pudiese hacer cualquier cosa sin que sus acciones deriven en serias consecuencias. Se hace una distinción imaginaria entre sociedad y naturaleza, donde esta última se sitúa en algún lejano bosque, jungla, océano o montaña, y se considera que no tiene ya nada que ver con nosotros. Sin embargo esta estructura nos provee de la base misma de la vida de la que nosotros somos el resultado; nuestra especie está inevitablemente interconectada con la subsistencia de esta estructura. Linkola propone que reajustemos nuestra visión del mundo de tal manera que afirme el sistema al completo. Existimos en esta realidad, y sin una perspectiva realista de la estructura de la que ésta emana, al final pereceremos.

Problemas de la sociedad moderna

A lo largo de décadas de estudio, Linkola a observado muchos defectos característicos en la estructura de la sociedad moderna. Los ecologistas modernos actuarán normalmente en un área concreta, como por ejemplo los derechos de los animales, el calentamiento global u otro cualquiera de una larga lista. Pero algunos, incluido Linkola, señalan un problema más profundo que se encuentra en la propia mentalidad del ser humano moderno. Como resultado de la entronización del humanismo que comienza con la Ilustración, toda vida humana pasa a ser considerada algo sagrado y que debe ser preservado a toda costa. Miles de millones de personas inundan el planeta y consumen todo lo que pueden, aunque contribuyen muy poco a la sociedad. Abstracciones sin base fuera de nuestra mente (como “libertad” o “progreso”) conforman la base de nuestra sociedad, y sirven como justificación para la procreación y devastación sin límites. Miles de especies han sido exterminadas, un desierto de cemento se expande por toda la tierra, y a pesar de ello la gente imagina que comprar productos “ecológicos” solucionará todos nuestros problemas medioambientales. Linkola nos enseña una estructura cruel pero real que no se va a acomodar a nuestra negativa a aceptarla.


miércoles, 30 de julio de 2008

Alain Soral


Alain Soral se crió en París en los años sesenta, en un suburbio obrero. Su padre le envió a estudiar a Stan, un colegio católico de renombre.

Pasó su adolescencia en Grenoble, a inicios de los setenta, donde entró en contacto con la cultura psicodélica, la música pop, las comunas y las drogas.

Con 18 años vuelve a París, donde vive en la más completa marginalidad, ocupado en pequeños empleos. En 1976 milita en el movimiento punk.

A finales de los años ochenta, entra en el Partido Comunista Francés.

A finales de dicha década, crea un Colectivo de Trabajadores de los Medios, denominado "Célula Ramón Mercader". Publica el boletín La Letra Escarlata, desde donde hará campaña por el "no" a Maastricht.

A mediados de los años 90 se aleja del PCF, donde se le etiqueta de "rojo-pardo" debido a su nacionalismo.

En Bayona madura sus ideas, mientras sigue viviendo del periodismo publicando bajo pseudónimo, trabajando también en el cine y la radio.

Vuelve a la política a principios del 2000, y publica Jusqu'ou va-t-on descendre?, libro de éxito donde critica la traición de la izquierda.

En las elecciones presidenciales de 2002 decide votar a Le Pen como "voto revolucionario". Pasadas las elecciones, publica libros dirigidos a defender Francia frente al liberalismo y la izquierda.

En 2005 vota contra el proyecto de Constitución europea. Es entonces cuando conoce personalmente a Le Pen y decide adherirse a su comité de campaña y apoya su hija Mariane y a Oliver Martinelli.

Recientemente ha creado la asociación Egalité & Réconciliation, siendo su presidente, la cual pregona la reconciliación nacional y la unión entre la izquierda patriota y la derecha anti-financiera.

J.G.
Más información en su página.

martes, 22 de julio de 2008

Generación friki, ¿el hombre del futuro?


En España se les conoce como frikis, en inglés como geeks, en japonés como otakus. Tal vez tengamos ante nuestros ojos al prototipo de hombre del futuro. Son los hijos integrales de la posmodernidad, las primeras generaciones enteramente formadas en los valores del consumo y del Mercado. Son el producto humano de una cultura del simulacro y de la falta de trascendencia. Más allá de la curiosidad anecdótica o del menosprecio, forman ya una especie cuyos significados conviene indagar.

El término friki (del inglés freak, extraño) se refiere normalmente a personas de apariencias y comportamientos extravagantes, obsesionadas con un tema o hobby del que derivan toda una forma o estilo de vida. Se trata de sujetos estrafalarios, con intereses infantiles y/o inmaduros, mentalmente instalados en mundos imaginarios y realidades virtuales, y con dificultades para una socialización normal fuera de los círculos que comparten su obsesión.

El fenómeno comenzó como una especie de subcultura adolescente de consumidores de comics manga, películas y series de ciencia-ficción, videojuegos, dibujos animados, juegos de rol, fanzines, libros, muñecos, productos derivados y todo género de pacotillas de universos de ficción. Un fenómeno que arrancó en los años ochenta, y que hoy constituye un mercado colosal extendido en forma “viral” o de red a todo el mundo. A primera vista, puede parecer un fenómeno tan grotesco como inocuo, una moda u opción más dentro de la vasta panoplia de productos lúdicos a través de los cuales el mercado va integrando a los más jóvenes en la religión del consumo.

El problema empieza al constatar que muchos de los adeptos al culto friki no sólo no son tan jóvenes, sino que ya peinan canas. Y al comprobar que el adolescente que se sumerge en ese universo autista tiene amplias posibilidades de no terminar nunca de salir de él, o bien de no dejar nunca de ser un adolescente. De cualquier forma, en los casos más extremos el resultado final es una persona diferente, una persona cuyas facultades de percepción de la realidad se han visto distorsionadas. Es en Japón —ese “laboratorio de la posmodernidad”, según el sociólogo Michel Maffesoli— donde el fenómeno se manifiesta en su forma más siniestra: esos adolescentes que echan el cerrojo de su habitación, y que se recluyen de por vida en su mundo virtual de videojuegos y de Internet. Y es en Japón donde se ha propuesto una definición que recoge todos los aspectos patológicos del otaku: “personas cuya percepción visual ha mutado”, o “nueva categoría de individuos que se han adaptado a la sociedad de alto consumo”.

Porque este es el quid de la cuestión: el friki/otaku es un individuo normalizado, un individuo plenamente adaptado a la nueva sociedad de consumo. Y éste es el momento en que el “fenómeno friki” pasa de ser una anécdota a convertirse en pasto del análisis de sociólogos y filósofos. En la cultura otaku —señala el filósofo japonés Hiroki Azuma— aparecen claramente dos elementos fundamentales de la sociedad postmoderna: la generalización de los simulacros y el declive de los grandes relatos.[1] Dos elementos que, al unirse a fenómenos colindantes tales como el fin de toda idea de trascendencia y la generalización del hiperconsumo, vienen a conformar toda esa nebulosa que ha venido en llamarse posmodernidad. En realidad, todo lo esencial de nuestra época postmoderna viene a condensarse en el arquetipo del friki.

La esencia de la posmodernidad es, como se ha señalado hasta la saciedad, el eclipse de esos grandes relatos que, a partir de explicaciones omnicomprensivas (Dios, Patria, Progreso, Revolución, etc.), conferían un sentido a la vida. Ridiculizados y vaciados de significado todos los referentes, la posmodernidad puede definirse como la época del eclipse total del sentido.

Ahora bien, el ser humano no puede tolerar el horror vacui de la ausencia de sentido. El ser del hombre requiere imperativamente un territorio de pertenencia simbólica. ¿Qué hacer una vez que los polos de referencia tradicionales (la autoridad divina, la autoridad del Padre, el culto a la Patria o a la Idea) han desaparecido del horizonte? Es aquí donde entra el Mercado. Las tribus “frikis” alivian ese vacío mediante su inmersión en un universo de micro relatos de ficción suministrados por el Mercado. Una búsqueda desesperada de sentido, que es también una huída de la realidad.

El crimen perfecto

El universo friki es un producto depurado de la cultura de masas del capitalismo total. Y viene a corroborar una de las intuiciones más célebres del gurú de la posmodernidad, el filósofo Jean Baudrillard, cuando anunció hace décadas lo que llamó el “crimen perfecto”: el asesinato de la realidad. Según Baudrillard, en la cultura postmoderna la realidad es reemplazada por los modos de representación culturales que “simulan” la realidad. Y en otra vuelta de tuerca, esas simulaciones dejan a su vez de representar la realidad, para pasar a remitirse a ellas entre sí. Un universo virtual, que se sobrepone al universo real al igual que el mapa del cuento de Borges alcanzaba a cubrir todo el planeta.

En esta forma de producción cultural, la distinción copia/original pierde su sentido, puesto que las copias ya no reenvían a ningún original, y mucho menos a la realidad. Todo se difumina en simulacros: derivados, fragmentos y parodias de productos que a su vez son derivados, fragmentos y parodias de otros productos, y así sucesivamente en una espiral enmarañada en la que ya es prácticamente imposible distinguir entre copias y originales, y en el que las creaciones “saltan” de un soporte a otro (del audiovisual al comic, de los juguetes a videojuegos o a la “literatura”) siguiendo los dictados de las tendencias de consumo y de los intereses del mercado.

La cultura friki es la cultura de la inmanencia absoluta. Toda idea de trascendencia ha sido eliminada. Más aún, es la propia distinción entre inmanencia y trascendencia la que desaparece. Y en paralelo, el “friki/otaku” experimenta una especial atracción por todo lo oculto, lo misterioso y bizarro: una pseudorreligión de bricolaje compuesta de materiales culturales diversos. Un culto sin fe, al que lo único que se le pide es que proporcione al adepto satisfacciones emocionales suficientes como para hacerle sentir que sigue vivo. Dios ha muerto, pero tenemos Star Trek.

Pero, tal y como predecía Baudrillard, este eclipse de la trascendencia no se refiere únicamente a Dios o a la metafísica: es la propia realidad la que ha desaparecido, al diluirse en simulacros, signos y códigos que han perdido todo vínculo con la realidad significada. Es un universo auto-referencial que no hace sino clonarse a si mismo, auto-engendrarse y reproducirse por metástasis. Y los frikis u “otakus” son los peleles atrapados en todo este proceso.

El universo “friki” es tribal. Sus tribus se definen de acuerdo a pautas de consumo. La mercancía cumple la función de proporcionar al consumidor los elementos que expresan su personalidad y su identificación tribal. En la terminología de Baudrillard, las mercancías devienen signos flotantes, artificiales y desencarnados. Y estos signos son los que confieren sentido e identidad: la ideología o la religión desaparecen, y no queda nada más que el simulacro. Es un universo “pseudo”, en el que solo se vive a través de las vivencias imaginarias de seres imaginarios.

Consume y calla

Puede parecer un fenómeno a primera vista inofensivo, pero en aquellos países en donde se encuentra en su estadio más avanzado —particularmente en Japón— presenta su lado más oscuro en forma de patologías (desequilibrios emocionales, autismo, dificultades para distinguir realidad/ficción, depresiones) o síndromes similares a la drogodependencia, que afectan a un número creciente de personas. Tal vez quepa hablar de una nueva “especie mutante”, una especie perdida en una hiperrealidad virtual, ajena a los compromisos y a las emociones de la vida real. Pero en realidad, se trata de “ciudadanos modelo” del nuevo mundo del capitalismo global. Son las primeras generaciones de hijos de la era del hiperconsumo. No hay peligro de que este ciudadano se haga demasiadas preguntas. Bastante tendrá con consumir y trabajar, trabajar y consumir para satisfacer su obsesión. Animes, mangas, videojuegos, sagas galácticas, bloques de lego o maquetas de madelmanes, cualquier estupidez es reciclable y para el caso es lo mismo. La acumulación de gadgets y memeces constituye el caparazón protector tras el que el friki construye su identidad. Se trata de una regresión a la infancia, el cocooning en un sucedáneo de vientre materno. No hay consumidores tan compulsivos como los niños, y a esa lógica responden las estrategias infantilizadoras del capitalismo, con la consiguiente transformación de nuestras sociedades en inmensas ludotecas. El sistema puede estar tranquilo con los frikis. Este sujeto, ataviado como un dibujo animado y con la cabeza repleta de batallas interestelares, es el perfecto conformista, el perfecto consumidor.

Lo que el fenómeno otaku viene a representar es una enorme regresión. Regresión desde la madurez al infantilismo, desde la cultura al embrutecimiento, desde la complejidad de las relaciones humanas al autismo y a la endogamia tribales, desde la inteligencia al cretinismo. Es la inserción en un patrón animalizante de conducta, en el que las necesidades emocionales son administradas de forma aislada, asocial, mecánica, de forma similar a como ciertos estados de ánimo son tratados con Prozac y demás tranquilizantes.

Todas las épocas, todas las corrientes históricas se han referido casi siempre a algún arquetipo, a algún modelo de hombre, y siempre en un sentido de superación. El caballero andante bajomedieval, el santo del cristianismo, el hombre universal del Renacimiento, el hidalgo del Imperio español, el honnête homme del clasicismo francés, el poeta del romanticismo, el capitán de industria del primer capitalismo, el dandy del decadentismo, el artista rebelde de las vanguardias, el soldado de los fascismos, el revolucionario del marxismo. Hoy ya conocemos a un modelo de hombre plenamente acuñado por el mercado global: en España se le conoce como friki, en inglés como geek, en japonés como otaku, y tiene pinta de payaso.

Rodrigo Agulló